martes, 22 de diciembre de 2015

2. Homología: los pantalones de los perros

"El clan de Piltdown", un óleo de quienes descubrieron al hombre de Piltdown, lo que se suponía sería el hallazgo del primer homínido inglés, pero que resultó ser un fraude. De izquierda a derecha y de arriba a abajo: F. O. Barlow, G. Elliot Smith, Charles Dawson (el perpetrador del fraude), Arthur Smith Woodward, A. S. Underwood, Arthur Keith, W. P. Pycraft y Ray Lankester.
Una vez que hemos establecido que los fósiles son evidencias de seres vivos, es importante retroceder un poco de la idea de Nicolás Steno hacia cómo es que llegaron varias personas, antes y después de él, a la misma conclusión. La respuesta es sencilla: Steno vio en las lenguas de piedra a los fósiles de dientes de tiburón porque tenían la misma forma; lo mismo sucedía con los erizos y con las conchas de mar. Era posible identificar las mismas estructuras de los dientes de un tiburón en las glossopetrae como para concluir que se trataban de la misma cosa. La identificación de que una estructura en un organismo (o fósil) es la misma que en otro es lo que conocemos como homología.

El primer concepto propiamente formulado de homología lo realizó Ray Lankester (1847-1929), un naturalista inglés cuya formación académica sucedió después de la publicación de El Origen de las Especies. El término homología ya había sido definido por Sir Richard Owen como "el mismo órgano en diferentes animales", y aunque funcional y aplicable, no dejaba de ser vago, por lo que Lankester clarificó el concepto como "estructuras que proceden del mismo órgano ancestral común", implementando así de manera específica a la evolución como principio causal. Sir Lankaster fue uno de los primeros catedráticos de anatomía comparada evolutiva en University College  London  (UCL), luego lo fue en su natal Oxford y finalmente se convirtió en director general del Museo de Historia Natural de Londres.


Esta es la base fundacional de lo que hoy llamamos anatomía comparada, y lo que con el paso del tiempo llevaría a establecer que la explicación más sencilla sobre las semejanzas entre los seres vivos es que todos tenemos un ancestro común en un pasado muy remoto.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

1. Fósiles: ¿lenguas de piedra o dientes de tiburón?

50 ideas breves para entender de paleobiología y evolución

Lámina de la cabeza de un tiburón ilustrado por
Nicolás Steno, donde muestra las dos caras de 
uno de los dientes, muy semejantes a los

glossopetrae.
Prefacio. La siguiente serie la comencé a planear en octubre y será publicada de manera continua a partir de este diciembre. El objetivo de esta serie es explicar el origen de ideas clave de la paleobiología moderna y de la teoría moderna de la evolución, con la intención de que otros artículos en este blog tengan más sentido para un público más general. El modo en que escribiré esta serie es mediante la revisión histórica de los conceptos, más allá de una simple definición, pues es importante entender no solamente el modo en que fueron concebidos sino su contexto, para que los cambios de las ideas originales a las modernas cobren más sentido.

1. Los fósiles estuvieron vivos

Desde la Antigüedad los seres humanos se han encontrado con fósiles, rocas que tenían una semejanza incuestionable con elementos vivos en la naturaleza: conchas, hojas, huesos... Por ello, no es de sorprender que desde hace muchos siglos se haya considerado que los fósiles tenían un origen orgánico, si bien inexplicable.

Durante la Ilustración, la idea de que los fósiles eran evidencias de vida pasada fue postulada por primera vez por el polímata danés Nicolás Steno (1638-1686). Nicolás Steno estudió medicina, pero se abstuvo de practicarla debido a que consideraba inútiles la mayoría de los remedios, por lo que centró su atención en la anatomía y la fisiología a través de la disección. Steno llegó a Florencia con la ambición de dedicarse a sus nuevos estudios, pues en esta ciudad se había establecido la Academia del Cimento, una agrupación de científicos dedicados a la ciencia experimental protegidos por el Gran Duque de Toscana Fernando II de Médici.